MÁS ALLÁ DE LA CRISIS ( Josep Fontana)
El período de 1945
a 1975 había sido en el conjunto de los países
desarrollados una época en que un reparto más equitativo de los ingresos había
permitido mejorar la suerte de la mayoría. Los salarios crecían al mismo ritmo
a que aumentaba la productividad, y con ellos crecía la demanda de bienes de
consumo por parte de los asalariados, lo cual conducía a un aumento de la producción.
Es lo que Robert Reich, que fue secretario de Trabajo con Clinton, describe
como el acuerdo tácito por el que “los patronos pagaban a sus trabajadores lo
suficiente para que éstos comprasen lo que sus patronos vendían”. Era, se ha
dicho, “una democracia de clase media” que implicaba “un contrato social no
escrito entre el trabajo, los negocios y el gobierno, entre las élites y las
masas”, que garantizaba un reparto equitativo de los aumentos en la riqueza.
Esta tendencia se invirtió en los años setenta,
después de la crisis del petróleo, que sirvió de pretexto para iniciar el
cambio. La primera consecuencia de la crisis económica había sido que la
producción industrial del mundo disminuyera en un diez por ciento y que
millones de trabajadores quedaran en paro, tanto en Europa occidental como en
los Estados Unidos. Estos fueron, por esta razón, años de conmoción social, con
los sindicatos movilizados en Europa en defensa de los intereses de los
trabajadores, lo que permitió retrasar aquí unas décadas los cambios que se
estaban produciendo ya en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, donde los
empresarios, bajo el patrocinio de Ronald Reagan y de la señora Thatcher,
decidieron que éste era el momento para iniciar una política de lucha contra
los sindicatos, de desguace del estado de bienestar y de liberalización de la
actividad empresarial.La lucha contra los sindicatos se completó con una serie
de acuerdos de libertad de comercio que permitieron deslocalizar la producción
a otros países, donde los salarios eran más bajos y los controles sindicales
más débiles, e importar sus productos, con lo que los empresarios no sólo
hacían mayores beneficios, al disminuir sus costes de producción, sino que
debilitaban la capacidad de los obreros de su país para luchar por la mejora de
sus condiciones de trabajo y de su remuneración: los salarios reales bajaron en
un 7 por ciento de 1976 a
2007 en los Estados Unidos, y lo han seguido haciendo después de la crisis.
Asi se inició lo que Paul Krugman ha llamado “la gran divergencia”, el proceso por el cual se produjo un
enriquecimiento considerable del 1 por ciento de los más ricos y el
empobrecimiento de todos los demás. En los Estados Unidos, se pudo ver en
vísperas de la crisis de 2008 que este 1 por ciento de los más ricos recibía el
53 por ciento de todos los ingresos (esto es más que el 99 por ciento
restante).En las primeras etapas este proceso tal vez resultaba poco
perceptible; pero cuando sus efectos se fueron acumulando acabaron despertando
la conciencia de una desigualdad social en constante aumento. En mayo de 2011
Joseph Stiglitz publicó un artículo que se titualaba: “Del 1%, para el 1% y por
el 1%”.Este del 1 por ciento ha sido uno de los lemas principales de los
movimientos de ocupación que se han desarrollado en diversas ciudades
norteamericanas. Pero Krugman ha hecho un análisis aún más afinado que muestra
que es en realidad el 0’1 %, esto es el uno por mil de los norteamericanos, los
que concentran la mayor parte de esta riqueza. “¿Quiénes son estos del 1 por
mil?, se pregunta ¿Son heroicos emprendedores que crean lugares de trabajo? No.
En su mayor parte son dirigentes de compañías (...) o ganan el dinero en las
finanzas”.
Los resultados a largo plazo de la gran divergencia, que se
iniciaba en Estados Unidos y en Gran Bretaña en los años setenta y se extendió
después a Europa, transformaron profundamente nuestras sociedades. Las
consecuencias de una inmensa redistribución de la riqueza hacia arriba no sólo
se han manifestado en el empobrecimiento relativo de los trabajadores y de las
clases medias, sino que han dado a los empresarios una influencia política con
la cual, a partir de ese momento, les resulta cada vez más fácil fijar las
reglas que les permiten consolidar su poder. Esta redistribución hacia arriba
no es el resultado natural del funcionamiento del mercado, como se pretende que
creamos, sino el de una acción deliberada. Su origen es netamente político. Para
emprender este programa se necesitaban organizaciones empresariales potentes,
que dispusieran de recursos suficientes. “La fuerza reside en la organización,
en una planificación y realización persistentes durante un período indefinido
de años”. Este llamamiento a la lucha política tuvo efectos de inmediato en la
actividad de las asociaciones empresariales. Estas asociaciones no solo
emprendieron grandes campañas de propaganda, sino que acentuaron su
participación en las campañas electorales a través de Comités de Acción
Política.
No se trata tan sólo de donativos para las campañas, sino también
de formas diversas de pagar sus servicios a los políticos, entre ellas la de
asegurarles una compensación cuando dejan la política. Y, sobre todo, de la actuación
constante de los llamados “lobbyists”, que atienden las peticiones de los
políticos.
¿Que ha conseguido el mundo empresarial con este asalto al poder? En
julio del año pasado, Michael Cembalest, jefe de inversiones de JPMorgan Chase,
escribía, en una carta dirigida tan sólo a sus clientes, que se conoció porque
la descubrió un periodista, que “los márgenes de beneficio han conseguido
niveles que no se habían visto desde hace décadas”, y que “las reducciones de
salarios y prestaciones explican la mayor parte de esta mejora”. “La
compensación por el trabajo está en los Estados Unidos en la actualidad al
mínimo en cincuenta años en relación tanto con las cifras de ventas de las
empresas como del PIB de los Estados Unidos”.
Otro beneficio indiscutible ha sido la disminución de sus
contribuciones al sostén del estado. El peso político creciente de las empresas
ha conducido a la situación paradójica de que éstas escapen a la fiscalidad por
la doble vía de negociar recortes de impuestos y exenciones particulares, y de
tener libertad para aflorar los beneficios en las subsidiarias que tienen en
paraísos fiscales, donde apenas pagan impuestos. Un estudio de noviembre de
2011 concluye que el conjunto de las 280 mayores empresas de los Estados Unidos
no han pagado en los tres años últimos más que un 18’5 % de sus beneficios.
Pero es que una cuarta parte de éstas han pagado menos del 10%, y 30 de las más
grandes no han pagado nada en tres años, sino que encima han recibido
devoluciones. Lo que se dice de las empresas se aplica también a los
empresarios: de 1985 a
2004 los 400 americanos más ricos han pasado de pagar un 29 por ciento de sus
ingresos a tan sólo un 18 por ciento, mucho menos que los pequeños comerciantes
o los trabajadores a sueldo. Y cuando Obama pretendió que quienes ganasen más
de un millón de dólares al año pagasen el mismo tipo que el ciudadano medio
norteamericano, no consiguió que el congreso aprobase la medida. Como ha dicho
Stiglitz "Los ricos están usando su dinero para asegurarse medidas
fiscales que les permitan hacerse aun más ricos. En lugar de invertir en
tecnología o en investigación, obtienen mayores rendimientos invirtiendo en
Washington”.
Hay un tercer aspecto de estos beneficios que
es la desregulación de la leyes que controlan algunos aspectos de la actividad
empresarial. Un estudio reciente de dos economistas del Fondo Monetario
Internacional, que han analizado el papel de las contribuciones económicas de
las empresas en la política, llega a la conclusión, que les leo literalmente,
de que “el gasto realizado está directamente relacionado con la posibilidad de
que un legislador cambie de postura en favor de la desregulación”. Esto, que en
el sector de la industria les ha permitido reducir, o incluso anular, los
gastos relacionados con el control de la polución, ha tenido en la actividad
financiera unas consecuencias que son las que han conducido directamente a la
crisis de 2008.
Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=144304
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